El antifutbolero: una tipología

Que a alguien no le guste el fútbol es normal. Para gustos están los colores, y está claro que no a todas las personas ha de gustarles el juego del balón. Sin embargo, hay personas a las que no sólo no les gusta el fútbol, sino que hacen de esto una parte importante de su identidad. Son los antifutboleros, esa suerte de personajes que sin previo aviso te abordan con un elaborado discurso con el que intentan convencerte de que no hay nada más aborrecible que el fútbol. A veces aparecen en los peores momentos. Estás viendo un partido en un bar, emocionado por el juego y, de repente, alguien comienza a intentar convencerte de que haces mal, que no tiene sentido, que te comportas como un pobre idiota.
Según sus argumentos, se les puede clasificar en varios tipos. He aquí un intento de ello.

El sabio
Hay un tipo de antifutbolero, muy extendido, que hace de su militancia contra el fútbol el argumento máximo para defender su supuesta inteligencia. Para este tipo de personas, quienes disfrutamos viendo un partido de fútbol, y sobre todo quienes sufrimos con el destino de nuestro equipo, somos “la estupidez andante”, mientras que ellos son sumamente inteligentes por el simple hecho de que no les gusta el fútbol.
Suele aparecer en los momentos más inoportunos. Por ejemplo, cuando tu equipo va perdiendo una final y tú no sabes si lanzar el vaso al televisor o llorar de pena, el antifutbolero-más-listo-que-tú surge de debajo de una piedra y, mirándote por encima del hombro, te inunda con un torrente de preguntas retóricas como ¿pero tú pierdes algo porque esos pierdan?, o, ¿pero en el fondo qué te importa?
En fin, conviene no dedicarles mucho tiempo.

El atacado de importancia
Muy cercano al primer tipo es el antifutbolero que argumenta su militancia contra el fútbol con argumentos de importancia. Me explico. Es aquel que cuando te ve disfrutando o sufriendo con un gran partido de fútbol, te dice que es triste que la gente se desviva por el balón y no con cuestiones más trascendentales como el cambio climático, el hambre en el mundo o el problema del terrorismo.
Su argumento, aún demagógico, es, en realidad, irrebatible. Obviamente, es más importante buscar soluciones para el hambre en el mundo que pensar en los futuros fichajes de tu equipo. No obstante, este argumento es aplicable a cosas tan “poco importantes” como el arte, la música, el cine, la literatura. ¿Por qué sufrir con Maradona cuando hay gente enferma en tu misma ciudad por la que no haces nada?
Lo que este tipo de antifutbolero nunca entenderá es que la magia del fútbol, y de otras muchas cosas en la vida, reside, precisamente, en su menudencia, en que no siendo nada importa mucho.

El televisivo
Hay un tipo de antifutbolero que aborrece el fútbol porque “en televisión no dan otra cosa”. En plena era de las telecomunicaciones, con cientos de canales temáticos, insisten en su idea: no dan otra cosa.
Lo mejor es recomendarle leer un buen libro.

El filósofo
Hay un antifutbolero-filosófico que se empeña en intentar convencerte de que lo que ves “no es real”. Es un argumento ontológico: todo es fingido. En realidad, los jugadores no sufren las derrotas (porque ganan millones), las victorias no existen (porque nada cambia tras ellas, si lo piensas bien), y todo el mundo del fútbol no es sino una patraña para mantenernos abobados pensando en idioteces, mientras los que mandan (en la sombra) hacen y deshacen a su antojo. Cercano a tesis conspirativas, lo mejor es responderle que tiene razón, que siga investigando… sólo así conseguirás que te deje ver tranquilo el partido.

El conspirativo
Muy cercano al filosófico, el antifutbolero conspirativo es aquel que sabe que en realidad todos los resultados del fútbol están pactados de antemano. Su argumento es: el fútbol mueve miles de millones de euros, luego, nada puede estar sujeto al azar. Este es el típico listo que dos meses antes del Mundial dice saber quién lo va a ganar, porque en realidad a la FIFA y a los patrocinadores les interesa que tal equipo lo gane. Cuando sus predicciones fallan (y fallan muy a menudo), rebaten los datos con argumentos a posteriori. Si gana Camerún, “la FIFA quiere extender su negocio a África”; si gana EEUU, “es un mercado potencial”, si gana Italia, “Europa es el negocio”.
Este tipo de antifutbolero está muy extendido últimamente. Lo mejor, darle la razón y decirle que en una película, el final también está determinado cuando empieza, pero que eso no le quita gracia al asunto. Le dará qué pensar durante un rato, y te dejará ver el partido en paz.

El fingido interesado

Este es uno de los tipos que, personalmente, más me molestan. Es aquel a quien el fútbol, simplemente, se le vale mier#”$&&$, pero que cuando se encuentra contigo, como sabe que a ti si te gusta, finge interés con preguntas tan absurdas como ¿qué tal va el Saprissa?, o, el Messi ese es bueno, ¿no?. Este tipo de antifutbolero me molesta porque en realidad sabes de antemano que el tema se le resbala y que cualquier respuesta que les des no implica más que una pérdida de saliva. Ante sus preguntas hay tres opciones. La primera es responderle diciéndole la verdad: que el Saprissa va bien, que Messi es muy bueno. La segunda es decirle, simplemente, que lea el Aldia, La Extra o La Nación o que vea la tele, y que a ti te deje en paz. La tercera (la que más me atrae), es mentirle: “¿El Saprissa? Luchando por evitar el descenso, aunque seguro que con Wanchope y Wilmer Lopéz lo logran”. Me gusta esta tercera opción porque les desenmascara. Generalmente saben más de lo que aceptan reconocer.

El seguidor del badminton
Hay un tercer tipo de antifutboleros cuya militancia nace de un profundo rencor contra el fútbol por el hecho de que su deporte favorito no es seguido por los medios, mientras que el fútbol ocupa páginas y páginas, y tiene su sección asegurada en todos los telediarios. Este tipo de antifutbolero razona que en realidad nos gusta el fútbol porque así nos lo han vendido los medios de comunicación y que si el Teletica y Repretel dedicara su portada a los campeonatos internacionales de badminton, ahí estaríamos todos dejándonos el alma animando a los jugadores de la pequeña raqueta que golpea a la pluma.
Quizá no le falte algo de razón, pero los que hemos intentado emocionarnos viendo un partido entero de badminton o un campeonato de golf, sabemos que la razón sólo le asiste en parte.

El antifutbolero mentiroso
Es mentiroso porque en realidad no es antifutbolero, o, mejor dicho, lo es a tiempo parcial. Es el típico amigo que cuando su equipo ganó un clasico o el Campeonato te ametralló con mensajes como “OE, OE, OE. OE…”, “Maes, saluden a los campeones” o “El siglo que viene quizás ganen alguna”, pero que cuando el que gana es el tuyo y le mandas los mismos mensajes, te contesta mirándote por encima del hombro diciendo que el fútbol en realidad no le gusta o que no le dice nada.
Suelen molestar por oportunistas, porque, cuando su equipo vuelve a ganar, muestran de nuevo una desaforada pasión por aquello que, la temporada anterior no le decía nada. Cuando esto sucede, lo mejor es responderle que a ti el fútbol te resvala y decirle que aunque su equipo gane, él, en realidad no gana nada.

El pacifista
Un tipo también muy extendido de antifutbolero es el que solo se queda con lo malo del fenómeno para despreciarlo globalmente. Lo llamo “el pacifista”, porque la mayoría de ellos se agarran como clavos ardiendo a los incidentes violentos que, lamentablemente, cada cierto tiempo suceden en algunos estadios, para decir que el fútbol debería ser prohibido. Lo mejor, ante estos, es argumentar que cualquier cosa que encienda al hombre, animal pasional, tiene posibilidades de degenerar en episodios violentos, como por ejemplo el amor. Y no por ello habría que prohibir las relaciones amorosas, ¿no?

El antifutbolero-comerciante
Este es aquel al que el fútbol se le vale un pepino, y que lo dice abiertamente, menos cuando le sirve para entablar cierta complicidad con alguien a quien quiere venderle algo. Es el típico comercial que cuando va a una localidad a vender su producto, mira antes cómo le va al equipo local, para en la reunión, comentar que siempre le cayó simpático ese equipo y que ahora sufre porque no remonta el vuelo. Su actitud responde a una táctica comercial. A veces es difícil distinguirlo de aquel a quien sí le gusta el fútbol. El truco, rascar un poco, ahondar en el tema. Pronto pasará a hablar del tiempo que hace.

El despistado
Este en realidad, no es un antifutbolero como tal, pero tiene la extraña propiedad de joderte en los peores momentos. Es ese amigo que se presenta en tu casa el día de la final , con una botella de vino y una película buenísima que hay que ver sí o sí y convence a ambas novias, la tuya y la suya, para verla esa noche. Aquí hay dos opciones. La primera, si se tiene otro televisor, decir al de diez minutos de película que es muy mala y marcharte a otra habitación a ver en silencio el partido. La segunda, la más habitual, hacer de tripas corazón y mientras los otros tres se emocionan con la gran película, tú pensar en ese balón que rueda a kilómetros de distancia…

El cabrón
Con todos los respetos, hay un tipo de antifutbolero-cabrón. Es el que tiene poder y lo ejerce, para impedir que tú puedas disfrutar libremente del gran partido de turno. Es, por ejemplo, ese profesor que pone un examen final a las ocho de la mañana del día después de un Clasico, o el jefe que programa reuniones ineludibles los miércoles a las 7. A este tipo pertenecía mi profesor de Biología ilustre antifutbolero, quien programó un examén a la hora en que Costa Rica debutaba en el Mundial de Alemania.
La novia suele adquirir, de vez en cuando, este rol de antifutbolero-cabrón. Generalmente funciona a modo de chantaje. El día de la semifinal se sienta a tu lado frente al televisor y finge, con preguntas, que el partido le interesa. Cuidado. Dos semanas después no podrás ver la final porque “le debes una” y acabarás yendo con ella a un desierto cine a ver una película que no te interesa. Como en el caso del antifutbolero despistado, tu mente estará allí donde rueda el balón, allí donde te gustaría estar tú también.

El nostálgico
Hay un tipo de antifutbolero que hace de la nostalgia el motivo de su militancia. Para él “el fútbol ya no es lo que era”. Anclado en tiempos pasados, suele decir que como Socrates o Di Stéfano (en su defecto ”CATATO” Cordero ó Alejandro Morera) no ha habido nadie, y que el fútbol de hoy no vale nada. Ni Ronaldinho, ni Cristiano Ronaldo jugarían en la Primera División de los años sesenta, dicen.
Esto suele ser un síntoma de la edad –cualquier tiempo pasado siempre fue mejor- pero, en ocasiones, uno se sorprende en ver a quinceañeros que defienden estas tesis, y que hablan con desaforada pasión de jugadores que no han visto jugar nunca.

El jode-partidos
El último tipo de antifutbolero es aquel que dice que en realidad le gusta el fútbol, pero lo desprecia con sus palabras. Es el jode-partidos, aquel que nunca es capaz de reconocer algo bueno en el campo. Siempre tiene argumentos. Ante un partido de muchos goles dice que eso no es fútbol, que las defensas no han aparecido. Cuando es un empate a cero, sin embargo, argumenta que ha sido una mier($/# partido porque las defensas se han impuesto. Cuando sucede un fantástico golazo por la escuadra, dice “Bah, pura suerte”. Cuando atendemos a un regate imposible, clama que “los malabarismos para el circo”. Suele ser un individuo muy desagradable, que se traga todos los partidos con una mueca de desaprobación que intenta contagiar a los demás. Además, tiene un toque de masoquismo, porque no se pierde un solo encuentro por televisión, sea este un partido de Segunda o una final del no desenso. Pero eso sí, siempre, pase lo que pase, el partido ha sido una cagada.
Conviene tenerlo lejos, el amargor se contagia.

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